
¡Paren el avión, me quiero bajar! Piensa Ella a los gritos mientras mira cómo la ciudad que acaba de dejar atrás se achica dentro de su ventana. El avión sale a las 2.35 de la mañana, un vuelo nocturno que le da la mejor excusa posible para no tener que pensar en lo que está haciendo: dormir. Duerme para que todas las dudas y preguntas que la acosan se apaguen, aunque sea hasta que llegue al primer aeropuerto donde tomará el segundo avión que la dejará en La Capital de Aquel País Asiático al que tanto quería volver…
Durante las cuatro horas y media de espera en el primer aeropuerto, siente algo que no experimentaba hacia tiempo: miedo. No le da miedo viajar sola, no le da miedo cruzarse el mundo y llegar a lugares desconocidos, no le da miedo no entender el idioma o no saber cuáles son los ingredientes de las comidas. Es una chica valiente, según le dicen. Pero sí tiene miedo de equivocarse y de que esa equivocación la haga sufrir una vez más. Siente que enloqueció, que perdió el juicio. Tiene miedo de verlo y de que ya no sea lo mismo, tiene miedo de que Él la vea y ya no sienta lo mismo, tiene miedo de que haya perdido el interés, tiene miedo de quedar como una estúpida. Siente que Él, para Ella, se convirtió en una especie de monolito gigantesco, en un ente enorme lleno de idealizaciones, recuerdos, deseos y preguntas, siente que cuando llegue el momento de enfrentarse nuevamente a ese monolito Ella se va sentir muy chiquita y no va a saber muy bien qué decir ni qué hacer. Siente que va a quedar petrificada cual estatua de sal. A Ella ya le fue mal varias veces y su instinto de preservación genera esta defensa, piensa Ella, creyéndose psicóloga de a ratos. ¿Qué es lo que más miedo le da? Llegar a Su País, mirarlo nuevamente a los ojos y pensar “No”, no es Él… Pero, ¿a quién confesarle todo esto? La gente ya cree que está loca por irse sola a El Otro Lado del Mundo, que está más loca por volver en busca de una persona y creerá que está aún más loca por dudar de lo que está haciendo. Pero ¿no es parte de la vida? Eso de sentir, jugarse, dudar, arriesgarse, equivocarse (o no). Lo bueno, piensa Ella, es que si se desilusiona, tiene Países Asiáticos para tirar al techo, puede elegir un nuevo destino inmediatamente (aunque la tristeza no se borre, al menos podrá cambiar la escenografía que la rodea).
Sale el segundo avión, el definitivo, el que la llevará a Ese País de una vez por todas. Un detalle que deben saber: Él no vive en La Capital sino en una Ciudad Universitaria a 12 horas de La Capital. El plan de Ella es pasar unos días en La Capital, en la casa de su Amiga Informante, bajar un poco la ansiedad y después viajar hacia la Ciudad Universitaria para reencontrarse con Él. Si El Reencuentro fuese en el aeropuerto, Ella cree que no podría bajarse del avión, que se quedaría escondida en el baño hasta que seguridad la saque a la fuerza. Mejor así, unos días de tranquilidad previos a la explosión.
Aunque intenta frenar el tiempo, después de una hora y media, el avión aterriza en La Capital. Ya está. Volvió. Lo hecho hecho está. Se convence de que todo pasa por algo: su mochila se perdió en el trayecto, quedó en algún otro aeropuerto. Lo único que lamenta es la remera que le regaló Él. El resto de las cosas, mejor perderlas que encontrarlas. Y piensa, Esto es una señal, algo o alguien me está diciendo que me saque la mochila, que deje todo ese peso atrás, que empiece otra vez de cero, que me desprenda de los miede historias pasadas. Sale del aeropuerto y la recibe la lluvia, los incansables taxistas, los precios inflados por ser extranjera, el tráfico caótico, la falta de orientación de la gente… un ambiente propicio para darle la bienvenida, una vez más, a este país. Mientras va en el colectivo rumbo a la casa de La Informante, le manda un mensaje de texto a Él: Ya estoy acá… Él tarda en responder, Ella está a punto de pedir que la lleven al aeropuerto de nuevo para tomarse el primer avión a donde sea, Él le dice que está feliz y que la extraña, pero Ella siente que nada es real, que las palabras ya no sirven. Tienen que volver a verse cuanto antes.
Después de unas tres horas en las que el colectivo da vueltas por el aeropuerto y atraviesa media ciudad, Ella llega a lo de su Amiga. Se abrazan, están felices de verse. Pasan varios días juntas en La Capital, yendo de un lado a otro, trabajando cada una en lo suyo, hablando y hablando. Rememoran mil veces la vez que Él y Ella se conocieron en La Isla (no olvidar que La Informante es una pieza fundamental en esta Historia), miran las fotos y se ríen, Ella le confiesa que está nerviosa e insegura, La Amiga la tranquiliza y sabe que todo se definirá cuando Él y Ella vuelvan a encontrarse, por el momento no hay promesas que valgan. Él pregunta constantemente cuándo van a ir a la Ciudad Universitaria donde vive, Ella y La Informante (que la acompañará) se hacen las misteriosas: Cuando vayamos, te vamos a avisar, no te preocupes. Él está impaciente y Ella está ansiosa. Pero por el momento, aunque están en el mismo país otra vez, siguen separados.
Finalmente ellas deciden viajar ese fin de semana, el sábado a la noche, para llegar el domingo a la mañana y sorprenderlo… Está todo organizado: los amigos de Él saben y las buscarán en la estación de tren. El único que no sabe es Él, que tiene que irse de urgencia ese mismo sábado a La Ciudad Donde Vive su Familia, a una hora de La Ciudad Universitaria, porque su abuelo está internado y muy grave. Ella y La Informante casi pierden el tren, llegan con menos de un minuto de sobra, pero llegan. No hay escapatoria, empieza la cuenta regresiva.
Mientras viajan, Él le manda mensajes a Ella contándole que su abuelo está mal, que está muy triste y que lo que más quiere en ese momento es verla y abrazarla… Ella sonríe. Él le pregunta dónde está, Ella no quiere mentirle pero tampoco quiere arruinar la sorpresa, así que solamente le dice que está “yendo a visitar a unos amigos”, lo cual es cierto. Se muere por verlo, aunque cree que será un momento tan esperado e imaginado que ninguno de los dos va a saber qué decir.
Llegan de madrugada. Los amigos de Él las buscan en la estación y las llevan de incógnito a la residencia universitaria donde viven con Él. Al parecer, Él va a volver a la Ciudad esa misma noche, así que es cuestión de horas nomás. Ella y La Informante están escondidas en el cuarto de El Mejor Amigo de Él. Ya no queda otra cosa que hacer que esperar. Comen, charlan, intentan dormir, siguen charlando, se ríen, se hace de noche, los nervios aumentan y, de repente, todo se acelera: Él acaba de llegar a la residencia y está estacionando su moto abajo.
Ella y La Informante siguen escondidas en el cuarto del Mejor Amigo, a pocos metros del cuarto de Él, y Ella anuncia que se va a morir en ese instante. Él, que no tiene idea de lo que le espera, abre la puerta de su cuarto, deja sus cosas y sale al pasillo común para ver a sus amigos. Se viene la movida: los amigos de Él lo distraen y lo llevan a la otra punta de la residencia, el Mejor Amigo de Él lleva a La Informante y a Ella al cuarto de Él, para que lo esperen adentro a escondidas en la oscuridad. Ella se muere, se va a morir. Se sienta en la silla de la computadora y La Informante se sienta al lado, sobre la cama. Ella nunca estuvo tan nerviosa y piensa que por suerte tiene la mano de su Amiga al alcance, para estrujársela mientras escucha los pasos de Él que está volviendo al cuarto. Escuchan las voces desde adentro, La Informante le va traduciendo en tiempo real: todos los amigos de Él se reunieron afuera del cuarto de Él, muy cerca de la puerta, y lo están incitando a que entre “para buscar algo que no se sabe quién le dejó adentro”. Él no entiende por qué tanta conmoción, no quiere entrar a su cuarto ahora, prefiere quedarse afuera con sus amigos. Entonces todos le empiezan a preguntar por Ella, lo joden, le dicen que seguro que ya se volvió a Su País de Origen, que es mentira eso de que está de vuelta acá, que no se ilusione. Todos se ríen. Desde el otro lado de la puerta, Ella se ríe pero de nervios y le estruja más la mano a su Amiga.
Finalmente lo convencen: va a entrar. En menos de diez segundos se termina todo.
Él abre la puerta de golpe, prende la luz, las ve ahí sentadas, se asusta, se sorprende, se ríe y sale corriendo del cuarto hacia sus amigos que están llorando de la risa. Vuelve a entrar, acompañado (empujado) por su grupo de amigos. Se agacha, con las dos manos agarra una de las manos de Ella (que sigue sentada en la silla de la computadora en la misma posición, petrificada) y le hace un gesto de respeto bajando la cabeza, no dice nada, se ríe nervioso y vuelve a salir del cuarto corriendo. Probablemente, para Él, Ella también se convirtió en un monolito gigantesco.
Los dejan solos y pasa lo que Ella sospechaba: están tan nerviosos que ninguno sabe muy bien qué decir ni qué hacer. Por lo menos pueden compartir la sensación, a ninguno de los dos les da vergüenza confesar lo nerviosos que están. Pero a pesar de la falta de palabras, Ella se siente bien, se da cuenta de que todo lo que siente por Él sigue intacto, nada cambió. Mira alrededor del cuarto y ve dos cosas: el dibujo que Ella le hizo antes de irse la primera vez, enmarcado en su pared, y la remera que Ella le regaló, colgada en la ventana.
Al ratito, todos (Él, Ella, Amiga, Amigos) salen a comer afuera para festejar este Reencuentro. Van en moto y Ella lo abraza de la cintura por primera vez. Todos se refieren a Ellos como “los novios”, a Ella no le molesta y espera que a Él tampoco. Todos le dicen que tiene que escribir esta Historia “de película”, pero no saben que Ella ya empezó a hacerlo hace rato. Después de comer van al Parque Central de la ciudad, lugar donde toda la gente joven se reúne de noche y así pasan un par de horas en las que la situación se ablanda, los nervios disminuyen, la ansiedad se apaga y todo se vuelve real.
Vuelven a la residencia y, por fin, tienen su momento a solas. Sin los nervios del principio, sin amigos de por medio, sin falta de palabras. Son sólo Ella y Él, cara a cara otra vez. Ella lo abraza y esta vez Él la abraza de verdad. Ella le dice que está muy feliz de haber vuelto. Él la mira y le hace una sola pregunta: ¿me amás? Ella no lo piensa, la respuesta le sale de adentro: Sí.
Yo también.
Y, por fin, El Beso.
-FIN-
(por ahora)