[Colección de situaciones] Los indonesios las prefieren rubias

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Desde que volví a Indonesia hubo una cosa que me llamó la atención: ¿qué pasa que ya nadie me dice cosas en la calle, que nadie intenta sacarme fotos, que nadie me bombardea a “where are you from”? ¿Acaso perdí mi atractivo de bule? ¿Ya soy old news? Y después me di cuenta, claro: si siempre salgo a la calle con gente local, es lógico que nadie se atreva a hacer comentarios, pero el momento en que quedo sola, empieza la avalancha otra vez.

Como la otra noche en el tren.

Me tomé el tren nocturno (de 7 pm a 5 am) para ir de Jakarta (la capital) a Yogyakarta. “Bisnis” class. Hay tres clases: Ekonomi —en la que vas parado, te la regalo—, Eksekutif —cuesta el doble que la Bisnis y te matan con el aire acondicionado— y la famosa Bisnis —buena relación precio-calidad: vas sentado de a dos, con ventiladores por todos lados—. Me senté al lado de la ventana con la esperanza de que el asiento de al lado quedara vacío para poder estirarme y dormir un poco, y preparé mi iPod para que me acompañase durante la travesía. Miro a mi alrededor y veo, en el asiento diagonal al mío, una mujer que no para de mirarme. La miro fijo también y me sonríe, no sé con qué intención, así que no la miro más.

Minutos antes de arrancar se me sienta un hombre al lado. Me mira, me sonríe, me dice hello, le digo hello, hago un gesto con la cabeza y me clavo los auriculares en los oidos. Todo bien pero no me da por hacer sociales con el vecino de asiento, más cuando sé que solamente quiere hablarme porque soy extranjera y “rubia”. No pasan ni cinco minutos, es decir no llego ni a escuchar un tema entero, que veo que el hombre me está mirando y moviendo la boca, me habla. Me saco los auriculares y lo miro. Pregunta uno: Where are you from. Respondo usando mi poder de síntesis —”Argentina”— y vuelvo a clavarme los auriculares. A los treinta segundos: And how long how you been in Indonesia. Repito el procedimiento: me alejo (ni siquiera me saco) los auriculares de la oreja, respondo en una palabra o menos, me pongo los auriculares nuevamente y miro por la ventana. Pasa un minuto, pregunta número tres: Are you studying here or on holidays? Después de responderle que soy una “travel writer”, decido apelar a un arma más poderosa: saco mi cuaderno y me pongo a escribir (con auriculares puestos, obvio). Se pone a leer lo que escribo y escucho: Are you writing in English or in Spanish? “Spanish”, sonrisa falsa, escribo otra vez (con cara de concentradísima), sigue mirando la hoja. Decido incrementar la artillería y saco un libro de Indonesio. Me pongo a estudiar. Oh, a book of indonesian grammar! Dejo de responder con palabras y empiezo a usar onomatopeyas: mhmmm. Al rato: Do you have family here? Estoy a punto de decirle que estoy casada para que deje de hablarme. Lo último que me dice es: You have to be careful because there are many thieves on this train. Listo, ¡me quedo más tranquila!

Al rato se duerme, gracias a Dios.

Yo sigo con mi iPod y mi cuaderno. Media hora después escucho que alguien me habla por encima de la música. Es uno de los empleados del tren que camina por el pasillo ofreciendo kopi (café) en una bandeja. Lo miro, está parado al lado de mi asiento mostrándome el café, le hago un gesto con la mano diciendo “no, gracias” y sigo con mi música. Pero el muchacho no sólo no se va sino que aprovecha esta oportunidad para practicar su inglés y me pregunta, intentando pronunciar lo más perfectamente posible: Hello miss, excuse me, would you like to have some coffee? Hola, ¿no ves que tengo los auriculares puestos y que ya te dije que no? Me apiado y me saco los auriculares y con mi mejor sonrisa le digo “No, thank you”. Para qué. Excuse me miss, please, I would like to know where you come from. Otra vez lo mismo no, por favor. “Argentina”. Oh! And can you speak English or just Spanish? ¿Por qué fui tan sincera? ¿Por qué no le respondí en castellano? And what are you doing here in Indonesia? And where do you live in Yogya? And how long will you stay here? And can you speak bahasa indonesia? And what is your favourite food? And do you have many friends? Todo con la bandeja en mano y el café que se le enfría. El tipo frenó la venta para (intentar) charlar conmigo. Yo trataba de responder cada pregunta cerrando la conversación para que siguiera camino, pero no se daba por vencido. Ok miss, if you need anything just call me ok? Sí, seguro…

Hay días en los que solamente quiero escuchar mi música en paz. En cualquier momento me pongo una peluca negra y empiezo a responder preguntas sólo en castellano.

Juntando figuritas

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Aprender un idioma nuevo es como juntar figuritas, especialmente cuando se trata de palabras que jamás había escuchado en mi vida. Cada vez que leo o escucho una palabra que desconocía, pregunto su significado, me la apropio, la escribo en mi cuaderno (“la pego en mi álbum”), la miro letra por letra, la vuelvo a mirar, me imagino en qué situaciones podría usarla e intento captarla en conversaciones cotidianas. Esta última parte es la más importante: escuchar la palabra en algún contexto de la vida real me sirve para dejar de verla como un conjunto arbitrario de letras y entenderla como algo social con un significado específico. Sino, no dejan de ser letras que “alguien” combinó de manera un tanto rara (un buen ejemplo de esto es la palabra nggak) (que significa “no” por si se estaban preguntando y se pronuncia algo así como “engá”).

Estoy estudiando indonesio por mi cuenta, con dos libros, un diccionario inglés-indonesio (me resulta más fácil estudiar indonesio usando el inglés como base que el español), la televisión, la radio, los subtítulos de las películas, los carteles de la calle, el packaging de los productos y mis amigos. Deberán pensar: ¡Pero a esta altura esta chica debe ser una experta! No, voy de a poco, la cosa del indonesio es que, a pesar de que usan el mismo alfabeto que nosotros y de que la pronunciación es casi igual al castellano, las palabras son inadivinables. ¿Quién diría que laki-laki significa hombre, wanita quiere decir mujer, penulis es escritor y jalan-jalan significa viajar? Imposible intentar adivinar un cartel. Por eso cada vez que escucho “en la vida real” una palabra que aprendí usando el diccionario, me emociono: Yo la sé, ¡la sé! ¡la tengo esa!

En este “juntar figuritas” obviamente aparecen las famosas FIGURITAS REPETIDAS, esas palabras que tooodos los extranjeros se aprenden como terima kasih (gracias), sampai jumpa (nos vemos), maaf (perdón), satu dua tiga (uno dos tres) y selamat malam (buenas noches). Ya me las recontra sé, y cada vez que alguien me las enseña o me las dice pongo cara de “esa ya la pegué en el álbum hace rato, dame una más difícil”. Igualmente son las primeras que uno necesita saber cuando llega al país.

Después están las FIGURITAS INEXISTENTES (ni siquiera son “las difíciles”, sino que directamente no existen): el indonesio no tiene tiempos verbales ni géneros, las palabras no llevan artículos ni tampoco se les agrega una S si es plural, no hay tildes ni diéresis. Dicho así, les parecerá el idioma de la selva, pero al contrario, es un idioma que dice lo necesario, es poco apalabrado y una vez que se capta la lógica, es muy simple de aprender. Podría hacer el razonamiento inverso y preguntarme qué necesidad tenemos los hispanohablantes de separar las palabras en masculino y femenino y de tener quichicientos tiempos verbales. Pero es así, cada idioma tiene sus características que lo hace único.

A medida que lleno el álbum me voy topando con FIGURITAS BILINGUES: palabras que son (casi) iguales y tienen el mismo significado en indonesio y en español. Gratis significa que no pagás, tinta es lo que lo ponés a la impresora, permisi lo usás para pedir permiso, sepatu es lo que te ponés en los pies, la meja tiene cuatro patas y sillas alrededor, klakson es la bocina, teh es eso que podés tomar con leche o con limón, minggu es el amado domingo… y guarda que ahí viene la polisi. Pero también hay palabras que suenan o se escriben igual que en español y tienen un significado completamente distinto: como lima que quiere decir cinco (yo siempre pienso en lima-limón), kursi que quiere decir silla o tukang que no recuerdo qué es pero me hace pensar en “tukang se vengde”. Una de las mejores: cuando van a sacar una foto, en vez de queso o cheese dicen… KEJUUU (pronunciado keyu).

Y aparecen obviamente, las FIGURITAS DIVERTIDAS, las que no me dejan descansar la imaginación y desarrollan mi capacidad de hacer asociaciones estúpidas. Si escucho matahari (significa “sol” y la H se lee como J) inmediatamente me pongo a cantar la canción Aves de paso de Joaquín Sabina: “…A la Matajari a la Magdalena a Fátima y a Salomé…”. Bulan (que significa mes) me la acuerdo porque me suena a Mulán, la película de Disney, Barat (oeste) a mi me suena a Borat y ni hablar de palabras como tangga, sepeda, pihat y cuci (la H se lee como J y la C se lee Ch). A veces leo cualquier cosa y en vez de Rivoli veo un ravioli y en vez de cabe (“chabe”) leo “cabe” como en “te re cabe”, si veo gigi (pronunciado guigui y que significa dientes) me acuerdo de mi amiga peruana “shishi”, besar no me hace pensar en algo grande sino en darle besos a alguien, baca (leer) es como vaca mal escrito. Y por último están esos carteles que directamente me hacen reír por lo absurdos que podrían llegar a ser: como el local de comida que se llama Pisangku (literalmente significa Mi Banana), el carrito en la calle que vende su delicioso ayam kentaky (ayam es “pollo” y lo de kentaky no es una especilidad sino un intento de parecerse a KFC), los carteles que anuncian por todos lados cuci mobil (quiere decir que te lavan el auto, no seamos mal pensados) y las peluquerías que ofrecen Blow 15.000 rp (calculo que será el secado de pelo).

Si hay algo que le gusta a todo el mundo es cambiar figuritas. Cómo se dice tal cosa, cómo se dice tal otra. Y ahí aparecen las FIGURITAS CODICIADAS. Los amigos de mi novio quieren que les enseñe a decir culo y tetas, lo que me demuestra que los hombres son hombres en cualquier lugar del mundo y que todos juntan las mismas figuritas. Ahí es cuando me siento poderosa: Ah no, esas te las cambio por lo menos por diez de las tuyas. También están las FIGURITAS COMPLICADAS: ¿cómo les explico que mi apellido se pronuncia BISHALBA? Si cada vez que se me escapa un “sho” me miran con cara rara y no logran repetirlo. Tendré que rendirme ante el Vi-i-alba o (como lo pronuncian acá) ViLalba.

Es muy gracioso además ver el razonamiento de la gente cuando digo que soy argentina. Primero piensan que estamos en algún lugar de Europa y que hablamos o inglés o francés o italiano. Algunos saben que hablamos español pero no tienen idea en qué lugar del mundo estamos, creen que somos una provincia de España o parte de Estados Unidos. Hay quienes me sorprenden con un “hola señorita” o “uno dos tres cuatro cinco” (después me entero que lo aprendieron de las telenovelas y de las canciones de Ricky Martin… un-dos-tres-un-pasito-pa-lante-maria). Si leen algo que escribí en español, lo leen con un acento totalmente mexicanizado y moviendo la mano cual italianos. Cuando quieren hacerse los que hablan español, empiezan a agregarle una O a la terminación de todas las palabras: “makan-O” (makan es comer), “puasÓ” (puasa es ayunar), “tidur-O” (tidur es dormir). Ay chicos, ojalá fuese tan fácil.

Pero el premio mayor se lo lleva la vecina de mi amiga en Jakarta, una nena de unos tres o cuatro años. Cuando me vio pasar por la puerta de su casa empezó a decirle a la hermana mayor “bule! bule!” (extranjera) y en vez de hablarme en indonesio o decirme hello, me habló, totalmente convencida de lo que estaba diciendo, en una mezcla de ballenés y alien: DAGABLUBLUBLA BLABLIBLU! Y yo, para no ser menos, le seguí la conversación. BLAGABLUBLA!

¡Cuidado: caballo enojado!

Lugar que vende crédito para el celular

?

Gado-Gado es una comida: verduras con salsa de maní

Nasi nasi nasi: arroz arroz arroz

Intentando leer el diario durante la época del Mundial

Nasi liwet es un plato de arroz típico de Solo

La remera de Pringles made in Indo

no-viajando por ahí (o Comiendo por ahí)

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I.

Tengo que confesar que desde que llegué (o mejor dicho “me instalé”) en Yogyakarta, me entraron ciertas dudas sobre qué escribir en este blog. Si bien las palabras me fluyen como nunca, parecen fluir hacia otros rumbos: me la paso traduciendo mis textos a inglés, escribo pensamientos de todo tipo en mi cuaderno, escribo y memorizo palabras en indonesio, escribo cartas para mis amigos… Pero esto de no estar “viajando” (técnicamente) (en el próximo post debería hacer un Tratado sobre el Viajar para que se entienda qué significado le doy a este término) hace que, para mí, todo lo que me rodea pase a ser “normal”. La comida de todos los días es normal, el arroz  a toda hora es normal, tener un novio indonesio musulmán y acompañarlo en el ayuno durante el mes de Ramadán es normal, la falta de veredas y las calles de tierra atestadas de motos que pasan por entre medio de las casas es normal, las mezquitas recitando el Corán cinco veces por día es normal, que me señalen en la calle y me miren fijo porque soy extranjera… ya es normal. Y ahí es cuando me planteo: ¿entonces qué? ¿Será que les interesa que les cuente el día a día, la rutina del “no viajar” aún estando de viaje (porque, quiera o no, sigo del otro lado del mundo)?

Me parece que esta vez el desafío es mayor… y me gusta.

Es “fácil” llegar a una ciudad nueva, ver todo con ojos de infante, no perderse ni un detalle, absorber cada color y cada olor y volcar todo al papel (o a la pantalla) desesperadamente, para unos días o semanas después caer en una ciudad nueva y repetir el ciclo una vez más. Pero cuando un país, un escenario, un paisaje se convierte en parte del día a día, ahí las cosas cambian.

Lo primero que pasa (y esto me lo advirtió una amiga polaca que se instaló en Bali hace unos meses y también frenó el ritmo de  viaje) es que empezás a extrañar todo, aparece ese sentimiento tan bien definido en inglés como homesickness. El top tres: la familia, los amigos, LA COMIDA. Lo que daría por una chocotorta, por ALGO con dulce de leche (un concepto inexistente en este sector del universo), por una bandeja de quesos, por una picada un viernes a la noche en algún barcito al aire libre, por una pizza y una buena charla en castellano, por un asado en familia en el Tigre, por una sesión de Family Guy con mi hermana, por un café laaargo con mi mejor amiga, por una salida a ver bandas con mis amigas, por todas esas cosas que consideraba “normales” y que ahora me faltan. Si existiera la teletransportación, me iría por un fin de semana a Buenos Aires… y después volvería a Yogyakarta. Tampoco es que me quiero volver aún, queda mucho camino por recorrer y nada me detiene.

II.

Dicho esto, paso al próximo tema. Hace un tiempo prometí un post de comida y cumpliré.

La comida pasó a ser todo un tema en mi vida estos días, especialmente porque estoy viviendo el mes de Ramadán (en el que no se puede comer ni beber de 4.30 am a 6 pm) y existe ese síndrome llamado Uno Quiere Lo Que No Puede Tener. Me está costando menos de lo que pensé, ya que es algo que quiero cumplir por respeto a mi novio y para aprender y entender acerca de su religión. Durante Ramadán, el día empieza (o termina en mi caso, ya que siempre me voy a dormir tarde) con el sahur, la comida de las 3.30-4 de la mañana: como si nosotros nos despertáramos a esa hora y nos preparásemos un plato de fideos o un pollo con papas. Es la “preparación” para el día de ayuno que se viene. Algunas mujeres cocinan para toda la familia, la gente “joven” sale a comprar la comida en los puestitos callejeros, muchos se preparan el hípersimple Pop Mie (también conocido como Instant Noodles). Después de esa cena/desayuno (llámenlo como quieran), todos (en teoría) van a la mezquita más cercana para el primer rezo del día o, en su defecto, sacan su alfombrita y rezan dentro de su cuarto. Este rezo, a las 4.30 de la mañana, marca el comienzo de un nuevo día de puasa (ayuno). Desde el momento en que las mezquitas comienzan a recitar el Corán, todos los musulmanes dejan de comer, beber, fumar, enojarse (sic) o tener relaciones hasta el rezo de las 17.45 – 18 (cuando se pone el sol) que indica que es momento de buka puasa (romper el ayuno).

Durante el día las actividades se desarrollan con normalidad, solamente que el ritmo es un poco más lento y los horarios laborales se acortan. Ramadan es una manera de fortalecer la paciencia, la humildad, el autocontrol y la espiritualidad de las personas. Es uno de los cinco pilares del Islam y obligatorio para los adultos y gente sana (las mujeres que están en período de lactancia, quienes están viajando, los enfermos y las mujeres que están menstruando deben abstenerse del ayuno). ¿Cómo lo vivo yo? Depende del día. El primer día me resultó muy fácil y hasta me sentí orgullosa de mí misma (quienes me conocen saben que tengo el récord de saquear heladeras a toda hora). Hubo días que estuve a punto de adelantar todos los relojes, tomar la mezquita más cercana y recitar el Corán por altoparlantes yo misma para poder comer, hubo días que rompí el ayuno y comí, hubo días que no ayuné (por “temas femeninos”), hubo días en los que no me tentaba absolutamente nada pensar que después de las 6 de la tarde me esperaba un buen plato de arroz, hubo días en que no soporté la tentación de comerme la caja de brownies que me esperaba en la heladera (pero resistí), hubo días en que me invadió la melancolía de saber que mi premio consuelo no iba a ser un plato de ravioles o unas milanesas con puré. Pero descubrí que si quiero, puedo. Y que no hay mejor sensación que lograr lo que uno se propone.

El mejor momento del día, sin duda, es el de buka puasa, cuando el canto de las mezquitas anuncia a los gritos que es hora de comer. A partir de las 15 o 16, las mujeres salen a la calle y compran la comida que compratirán más tarde con toda la familia: gorengan (los “snacks” fritos como pisang goreng -banana frita-, lumpia -rolls rellenos de verdura-, tahu goreng -tofú frito-, tempe), es buah (fruta cortada con hielo y un jugo dulce), roti y kue (panes rellenos y tortas), jus (jugos de frutas). A las 18, momento de romper el ayuno, se opta más por lo dulce y la comida es más un aperitivo que un plato completo. Como una picada de snacks indonesios. A eso de las 19 o las 20, todos salen a cenar.

Me atrevo a decir que en Yogyakarta hay más puestitos/carritos/lugares de comida que otra cosa, es “El Negocio”: desde carpas improvisadas con lonas donde un grupo de hombres cocina en dos ollas enormes y sirve la comida en platos de plástico hasta restaurantes con menúes variadísimos, pasando por los famosos carritos callejeros que te preparan nasi goreng (arroz frito, el plato más tradicional de Java) en el acto. Y lo lindo es que el comer se convierte en una actividad social: la gente joven sale en grupo en sus motos y come sentada en la vereda y sin zapatos, al lado de los puestitos callejeros, sobre alfombras especialmente preparadas para la ocasión. Me imagino algo así en Buenos Aires: la gente te camina por encima del plato de arroz que te estás por comer, los autos te tocan bocina porque estiraste una pierna afuera de la alfombra y estás cuasi rozando el asfalto y cuando te querés ir te das cuenta de que te robaron los zapatos y te rompieron el o con la cuenta. Bendita seas Buenos Aires. Lo mejor de la cuestión; acá la comida es UN REGALO. Los precios van desde 5000 rupias (50 centavos de dólar) hasta 50.000 (como algo CARÍSIMO) (5 dólares), lo común es gastar entre 10.000 y 20.000 (de 1 a 2 dólares por plato, 50 centavos por las bebidas). Inseguridad, ¿qué es eso? La gente camina de noche por la calle, ya sea para comprar comida, para ir a la mezquita a las 4 am, para juntarse con amigos, o lo que sea (los indonesios son millones y siempre están en la calle) y no-pasa-nada.

Más detalles en el próximo capítulo.

Vendedor ambulante de tofú frito

Se venden cocos en camiones

Mujer cocinando en un puestito

Mesitas ratonas en la calle (en Bandung)

Es buah

Te preparan pollo en el acto

A la búsqueda de snacks para romper el ayuno

Mie ayam

Otro de los miles de puestitos callejeros al paso

Frutas frutas frutas

Arroz pero del bueno

Y las famosas carpas improvisadas

Elegí tu propia comida y te la fríen en 5

Una historia de amor – parte 5 (La última, por ahora)

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¡Paren el avión, me quiero bajar! Piensa Ella a los gritos mientras mira cómo la ciudad que acaba de dejar atrás se achica dentro de su ventana. El avión sale a las 2.35 de la mañana, un vuelo nocturno que le da la mejor excusa posible para no tener que pensar en lo que está haciendo: dormir. Duerme para que todas las dudas y preguntas que la acosan se apaguen, aunque sea hasta que llegue al primer aeropuerto donde tomará el segundo avión que la dejará en La Capital de Aquel País Asiático al que tanto quería volver…

Durante las cuatro horas y media de espera en el primer aeropuerto, siente algo que no experimentaba hacia tiempo: miedo. No le da miedo viajar sola, no le da miedo cruzarse el mundo y llegar a lugares desconocidos, no le da miedo no entender el idioma o no saber cuáles son los ingredientes de las comidas. Es una chica valiente, según le dicen. Pero sí tiene miedo de equivocarse y de que esa equivocación la haga sufrir una vez más. Siente que enloqueció, que perdió el juicio. Tiene miedo de verlo y de que ya no sea lo mismo, tiene miedo de que Él la vea y ya no sienta lo mismo, tiene miedo de que haya perdido el interés, tiene miedo de quedar como una estúpida. Siente que Él, para Ella, se convirtió en una especie de monolito gigantesco, en un ente enorme lleno de idealizaciones, recuerdos, deseos y preguntas, siente que cuando llegue el momento de enfrentarse nuevamente a ese monolito Ella se va sentir muy chiquita y no va a saber muy bien qué decir ni qué hacer. Siente que va a quedar petrificada cual estatua de sal. A Ella ya le fue mal varias veces y su instinto de preservación genera esta defensa, piensa Ella, creyéndose psicóloga de a ratos. ¿Qué es lo que más miedo le da? Llegar a Su País, mirarlo nuevamente a los ojos y pensar “No”, no es Él… Pero, ¿a quién confesarle todo esto? La gente ya cree que está loca por irse sola a El Otro Lado del Mundo, que está más loca por volver en busca de una persona y creerá que está aún más loca por dudar de lo que está haciendo. Pero ¿no es parte de la vida? Eso de sentir, jugarse, dudar, arriesgarse, equivocarse (o no). Lo bueno, piensa Ella, es que si se desilusiona, tiene Países Asiáticos para tirar al techo, puede elegir un nuevo destino inmediatamente (aunque la tristeza no se borre, al menos podrá cambiar la escenografía que la rodea).

Sale el segundo avión, el definitivo, el que la llevará a Ese País de una vez por todas. Un detalle que deben saber: Él no vive en La Capital sino en una Ciudad Universitaria a 12 horas de La Capital. El plan de Ella es pasar unos días en La Capital, en la casa de su Amiga Informante, bajar un poco la ansiedad y después viajar hacia la Ciudad Universitaria para reencontrarse con Él. Si El Reencuentro fuese en el aeropuerto, Ella cree que no podría bajarse del avión, que se quedaría escondida en el baño hasta que seguridad la saque a la fuerza. Mejor así, unos días de tranquilidad previos a la explosión.

Aunque intenta frenar el tiempo, después de una hora y media, el avión aterriza en La Capital. Ya está. Volvió. Lo hecho hecho está. Se convence de que todo pasa por algo: su mochila se perdió en el trayecto, quedó en algún otro aeropuerto. Lo único que lamenta es la remera que le regaló Él. El resto de las cosas, mejor perderlas que encontrarlas. Y piensa, Esto es una señal, algo o alguien me está diciendo que me saque la mochila, que deje todo ese peso atrás, que empiece otra vez de cero, que me desprenda de los miede historias pasadas. Sale del aeropuerto y la recibe la lluvia, los incansables taxistas, los precios inflados por ser extranjera, el tráfico caótico, la falta de orientación de la gente… un ambiente propicio para darle la bienvenida, una vez más, a este país. Mientras va en el colectivo rumbo a la casa de La Informante, le manda un mensaje de texto a Él: Ya estoy acá… Él tarda en responder, Ella está a punto de pedir que la lleven al aeropuerto de nuevo para tomarse el primer avión a donde sea, Él le dice que está feliz y que la extraña, pero Ella siente que nada es real, que las palabras ya no sirven. Tienen que volver a verse cuanto antes.

Después de unas tres horas en las que el colectivo da vueltas por el aeropuerto y atraviesa media ciudad, Ella llega a lo de su Amiga. Se abrazan, están felices de verse. Pasan varios días juntas en La Capital, yendo de un lado a otro, trabajando cada una en lo suyo, hablando y hablando. Rememoran mil veces la vez que Él y Ella se conocieron en La Isla (no olvidar que La Informante es una pieza fundamental en esta Historia), miran las fotos y se ríen, Ella le confiesa que está nerviosa e insegura, La Amiga la tranquiliza y sabe que todo se definirá cuando Él y Ella vuelvan a encontrarse, por el momento no hay promesas que valgan. Él pregunta constantemente cuándo van a ir a la Ciudad Universitaria donde vive, Ella y La Informante (que la acompañará) se hacen las misteriosas: Cuando vayamos, te vamos a avisar, no te preocupes. Él está impaciente y Ella está ansiosa. Pero por el momento, aunque están en el mismo país otra vez, siguen separados.

Finalmente ellas deciden viajar ese fin de semana, el sábado a la noche, para llegar el domingo a la mañana y sorprenderlo… Está todo organizado: los amigos de Él saben y las buscarán en la estación de tren. El único que no sabe es Él, que tiene que irse de urgencia ese mismo sábado a La Ciudad Donde Vive su Familia, a una hora de La Ciudad Universitaria, porque su abuelo está internado y muy grave. Ella y La Informante casi pierden el tren,  llegan con menos de un minuto de sobra, pero llegan. No hay escapatoria, empieza la cuenta regresiva.

Mientras viajan, Él le manda mensajes a Ella contándole que su abuelo está mal, que está muy triste y que lo que más quiere en ese momento es verla y abrazarla… Ella sonríe. Él le pregunta dónde está, Ella no quiere mentirle pero tampoco quiere arruinar la sorpresa, así que solamente le dice que está “yendo a visitar a unos amigos”, lo cual es cierto. Se muere por verlo, aunque cree que será un momento tan esperado e imaginado que ninguno de los dos va a saber qué decir.

Llegan de madrugada. Los amigos de Él las buscan en la estación y las llevan de incógnito a la residencia universitaria donde viven con Él. Al parecer, Él va a volver a la Ciudad esa misma noche, así que es cuestión de horas nomás. Ella y La Informante están escondidas en el cuarto de El Mejor Amigo de Él. Ya no queda otra cosa que hacer que esperar. Comen, charlan, intentan dormir, siguen charlando, se ríen, se hace de noche, los nervios aumentan y, de repente, todo se acelera: Él acaba de llegar a la residencia y está estacionando su moto abajo.

Ella y La Informante siguen escondidas en el cuarto del Mejor Amigo, a pocos metros del cuarto de Él, y Ella anuncia que se va a morir en ese instante. Él, que no tiene idea de lo que le espera, abre la puerta de su cuarto, deja sus cosas y sale al pasillo común para ver a sus amigos. Se viene la movida: los amigos de Él lo distraen y lo llevan a la otra punta de la residencia, el Mejor Amigo de Él lleva a La Informante y a Ella al cuarto de Él, para que lo esperen adentro a escondidas en la oscuridad. Ella se muere, se va a morir. Se sienta en la silla de la computadora y La Informante se sienta al lado, sobre la cama. Ella nunca estuvo tan nerviosa y piensa que por suerte tiene la mano de su Amiga al alcance, para estrujársela mientras escucha los pasos de Él que está volviendo al cuarto. Escuchan las voces desde adentro, La Informante le va traduciendo en tiempo real: todos los amigos de Él se reunieron afuera del cuarto de Él, muy cerca de la puerta, y lo están incitando a que entre “para buscar algo que no se sabe quién le dejó adentro”. Él no entiende por qué tanta conmoción, no quiere entrar a su cuarto ahora, prefiere quedarse afuera con sus amigos. Entonces todos le empiezan a preguntar por Ella, lo joden, le dicen que seguro que ya se volvió a Su País de Origen, que es mentira eso de que está de vuelta acá, que no se ilusione. Todos se ríen. Desde el otro lado de la puerta, Ella se ríe pero de nervios y le estruja más la mano a su Amiga.

Finalmente lo convencen: va a entrar. En menos de diez segundos se termina todo.

Él abre la puerta de golpe, prende la luz, las ve ahí sentadas, se asusta, se sorprende, se ríe y sale corriendo del cuarto hacia sus amigos que están llorando de la risa. Vuelve a entrar, acompañado (empujado) por su grupo de amigos. Se agacha, con las dos manos agarra una de las manos de Ella (que sigue sentada en la silla de la computadora en la misma posición, petrificada) y le hace un gesto de respeto bajando la cabeza, no dice nada, se ríe nervioso y vuelve a salir del cuarto corriendo. Probablemente, para Él, Ella también se convirtió en un monolito gigantesco.

Los dejan solos y pasa lo que Ella sospechaba: están tan nerviosos que ninguno sabe muy bien qué decir ni qué hacer. Por lo menos pueden compartir la sensación, a ninguno de los dos les da vergüenza confesar lo nerviosos que están. Pero a pesar de la falta de palabras, Ella se siente bien, se da cuenta de que todo lo que siente por Él sigue intacto, nada cambió. Mira alrededor del cuarto y ve dos cosas: el dibujo que Ella le hizo antes de irse la primera vez, enmarcado en su pared, y la remera que Ella le regaló, colgada en la ventana.

Al ratito, todos (Él, Ella, Amiga, Amigos) salen a comer afuera para festejar este Reencuentro. Van en moto y Ella lo abraza de la cintura por primera vez. Todos se refieren a Ellos como “los novios”, a Ella no le molesta y espera que a Él tampoco. Todos le dicen que tiene que escribir esta Historia “de película”, pero no saben que Ella ya empezó a hacerlo hace rato. Después de comer van al Parque Central de la ciudad, lugar donde toda la gente joven se reúne de noche y así pasan un par de horas en las que la situación se ablanda, los nervios disminuyen, la ansiedad se apaga y todo se vuelve real.

Vuelven a la residencia y, por fin, tienen su momento a solas. Sin los nervios del principio, sin amigos de por medio, sin falta de palabras. Son sólo Ella y Él, cara a cara otra vez. Ella lo abraza y esta vez Él la abraza de verdad. Ella le dice que está muy feliz de haber vuelto. Él la mira y le hace una sola pregunta: ¿me amás? Ella no lo piensa, la respuesta le sale de adentro: Sí.

Yo también.

Y, por fin, El Beso.

-FIN-
(por ahora)

Una Historia de Amor – parte IV

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Durante un mes y medio, Ella sigue su camino por Asia. Conoce ciudades, países y personas, vive muchos momentos alegres, prueba comida que le gusta, se ríe con sus amigos, camina por ahí, pero internamente, sin que nadie lo sepa, va pasando de un estado a otro.

Primer estado: tristeza. Cada vez que Él le dice que la extraña, Ella siente que se desarma. Cada vez que Él le dice que no puede dormir en el cuarto donde durmió Ella porque le trae demasiados recuerdos, Ella siente que se desarma. Cada vez que Él le dice que la va a estar esperando en Su País, Ella siente que se desarma aún más. Cada vez que Él le dice que lo único que quiere es hacerla feliz por el resto de su vida, Ella siente que se muere. Siente que la arrancaron demasiado rápido de ese país, de esa ciudad, de esa Historia, de esa persona. Ella, que siempre se consideró una persona muy independiente, se siente totalmente atada a Él. Piensa en Él constantemente, se ríe sola cuando se acuerda de momentos graciosos que pasaron, sonríe cada vez que hablan por chat o skype, cada vez que Él le manda un mensaje de texto en cualquier momento del día, cada vez que Él le dice algo lindo. Duerme envuelta en su sarong todas las noches, usa las remeras que Él le regaló todos los días. Cada vez que viaja en colectivo, mira el caracol que Él le dio en La Isla Donde Se Conocieron: el único caracol con manchas, distinto del resto de los caracoles blancos que había en el fondo del mar. Lo mira y ve la mezcla de culturas, la unión y convivencia de dos elementos distintos. Es un caracol único, distinto. Esa tristeza se va convirtiendo en ganas de volver a verlo, y esas ganas le generan un estado del que no sale por varias semanas: cuestionamiento.

Los signos de pregunta desfilan por su cabeza y por las hojas, escribe y piensa como nunca. Nunca vivió una Historia como esta, nunca nadie rompió tanto sus esquemas, nunca nadie le hizo plantearse tantas cosas. ¿Dónde quiere vivir? ¿Qué religión quiere practicar? ¿Quiere casarse? ¿Quiere tener hijos? ¿Quiere volver a su país? ¿Qué es lo que necesita para ser feliz? Nunca sintió estas ganas de escribir una historia, de contársela al mundo. ¿Y si lo encontró? ¿Y si es Él? ¿Y si vuelve a Aquel País y se queda a vivir ahí con Él? ¿Y su vida en su País Sudamericano, qué? ¿Qué hace con su pasado? ¿Y si se juega y se equivoca otra vez? ¿Y si vuelve a verlo y todo cambia? ¿Y si vuelve a verlo y todo va bien? ¿Y si no tienen conexión? ¿Y si sus objetivos de vida no coinciden? ¿Y si se casan y son felices para siempre? ¿Y si Él le cambia la vida? ¿Y si esta Historia fracasa? Si hay una cosa que Ella tiene en claro es que no quiere sufrir, no quiere coleccionar fracasos, no quiere comprobar que su destino es estar sola, no quiere sentir que está predeterminada a vivir en El País Donde Nació solamente por haber crecido ahí, no quiere que malas experiencias del pasado afecten sus decisiones futuras. Pero esta vez siente algo distinto, una sensación que va más allá de las palabras, una conexión que atraviesa culturas y religiones. Le resulta increíble cómo dos existencias tan lejanas llegaron a cruzarse en algún rincón del mundo. ¿A esto se le llama Destino? Y piensa en las posibles ironías de esta historia, piensa que no sería justo que esto no funcione a causa de diferencias “culturales” o “religiosas”, justo a Ella, que se la pasa buscando puntos en común entre las personas de distintos lugares del mundo, justo a Ella que le interesa, ante todo, el ser humano y no la nacionalidad o religión.

Con los días, sin darse cuenta, encuentra un nuevo pasatiempo: buscar pasajes baratos para volver a Aquel País lo antes posible. Lo decidió: va a volver. No quiere quedarse con tantas dudas, no quiere que todas estas preguntas se conviertan en fantasmas y la acosen por siempre. Compra el pasaje para viajar dentro de tres semanas, decide posponer el resto de su viaje para más adelante, total, sabe que se quedará bastante más tiempo de lo planeado en Este Lado del Mundo, Este Continente va más con Ella. Él está tan feliz con su regreso como Ella. Ella cree que ahora que tiene el pasaje en mano y su vuelta es inminente, su cabeza va a descansar por unos días. Pero no, a medida que se acerca El Día, su nivel de ansiedad empieza a crecer.

¿Y si ahora que Ella vuelve, Él perdió interés? ¿Y si Él ya se olvidó de Ella? ¿Y si fue todo un espejismo? ¿Y si fue todo un gran chamuyo? ¿Y si Él no siente por Ella todo lo que Ella siente por Él? ¿Y si Ella se equivoca una vez más? ¿Y si, y si…?

Basta.

Llega El Día. Al aeropuerto otra vez. Se sube al avión. En cuatro horas estará de nuevo Ahí.

Una Historia de Amor – parte III

Aniko Post in historia de amor
7


A los diez minutos de estar sentada en el colectivo, le manda un mensaje de texto agradeciéndole todo lo que Él y su familia habían hecho por Ella durante esos días. Pasa un rato (larguísimo para Ella) y Él no responde. Listo. Los hombres son hombres en cualquier lugar del mundo, me vendió una historia de amor en Indonesia y me la creí, piensa Ella. Tal vez, comienza a torturarse Ella, tal vez Él la conoció mejor durante esos días y dejó de gustarle, tal vez solamente sentía una atracción física por Ella, tal vez lo idealizó demasiado, tal vez esta historia nunca fue real. Porque, deduce Ella, todo lo que supo acerca de los sentimientos de Él fue por medio de terceros, principalmente vía La Informante. ¿Y si toda esta historia no fue más que un invento de La Informante? ¿Si quedó como una loca que se le instaló en la casa a una familia musulmana y no se fue por una semana? ¿Y sí…? No, pero Ella sabe que esta historia es distinta, que no puede terminar así.

Finalmente, tras lo que parecen días (y no fueron más de 25 minutos), Él contesta. “Perdón, estaba manejando y no podía responder… ya estoy en mi casa y mi mamá está llorando otra vez”. El intercambio de mensajes queda ahí. Ella agarra el sarong (una especie de “pareo” largo de algodón que los hombres musulmanes usan atado a la cintura, como si fuese una pollera, cuando rezan) que Él le regaló (con el que Él rezó todos los días que Ella estuvo en su casa), se envuelve y se duerme mientras el colectivo se aleja aún más de Aquella Ciudad. Ni siquiera se despierta cuando todos los pasajeros se bajan a cenar en un restaurante en la ruta. En algún momento del viaje, de madrugada, agarra su celular para mirar la hora y ve que tiene un mensaje de Él… “No puedo dormir en mi cuarto hoy porque me hace acordar demasiado a vos…”. Es la primera vez que Él le habla de lo que siente. Ella se emociona y le responde, a las cinco de la mañana, que lo va a extrañar.

14 horas después, llega a La Capital. El Profesor de Matemática la busca en la terminal y la lleva a la casa de La Informante para que pase sus últimas horas en el país ahí con ellos. Al parecer, la noche anterior, apenas Ella se fue de su casa, Él llamó a La Informante y, durante una hora, le contó todo lo que había pensado y sentido en esos siete días que pasó con Ella. Y La Informante, esta símil Cupido Indonesia, estaba dispuesta a contarle todo a Ella, sin omitir ningún detalle. Para eso están las amigas, especialmente cuando se trata de una historia tan excepcional.

Así que La Informante y Ella hablan durante horas. La Informante le cuenta que Él estaba muy feliz por los días que habían pasado juntos, que se sentía orgulloso de haber podido hablar en inglés con Ella ya que era la primera vez que practicaba inglés con alguien (el detalle es que Él no estudió el idioma, sino que aprendió gracias a las películas y canciones occidentales…). Le contó también que todas las veces que estuvieron solos, Él se moría de ganas de abrazarla y besarla, pero que se contuvo porque quería mostrar que, ante todo, la respetaba y que no era como el resto de los hombres, no quería que Ella tuviera una imagen errónea de Él. Le pidió especialmente a La Informante que le dijera a Ella cuánto le gustaba y cuántas ganas había tenido de abrazarla… y que le dijera también que sentía que si la abrazaba, no la iba a soltar nunca más. Pero, ¿entonces por qué no la abrazó antes de que Ella subiera al colectivo? Era el momento perfecto… Porque, le explica La Informante, Él jamás se imaginó que Ella la iba a abrazar, fue tan inesperado que no supo cómo actuar, mucho menos delante de tanta gente. Hasta ahí llegan las diferencias… El abrazo está tan metido dentro de la cultura latina, que para Ella es algo normal (y necesario) entre dos personas que se quieren,  un gesto que refuerza el lazo con el otro, una manera de expresar cariño. Pero en la cultura asiática un abrazo en público puede parece un exabrupto, algo poco común y que debería reservarse para los momentos de privacidad. Sin embargo, Él le dijo a La Informante, que ese abrazo fue uno de los mejores momentos de su vida.

Esa noche, después de despedirse de su Gran Amiga Informante/Cupido y de su Amigo Profesor, se va al aeropuerto para tomar el avión que la alejará aún más de Aquella Ciudad… Desde que llega al aeropuerto hasta que le piden que apague su celular dentro del avión, Ella y Él no paran de mandarse mensajes. ¿Por qué será que cuando la situación llega a un punto culminante, aparece esa urgencia por decir todo lo que no se pudo decir cuando hubo tiempo? Te voy a extrañar, ¿Cuándo vas a volver?, Quiero volver muy pronto para verte, Se lo prometiste a mi mamá… Sí y es la verdad, Voy a estar esperándote acá, Por favor no dejes de escribirme, Sabés… no puedo quedarme en la casa de mi familia ni dormir en mi cuarto porque siempre me acuerdo de vos ahí… Si está en nuestro destino, nos volveremos a ver… ¿Tenés sueño?, No, y no me voy a ir a dormir hasta que el avión despegue, Voy a usar tu sarong durante el vuelo, tengo que apagar el celular, Chau, solamente puedo rezar por vos.

Y, a las 00.30, el avión se fue.

Continuará

Una Historia de Amor – parte II

Aniko Post in historia de amor
1

Ella pasa una semana en La Isla Más Turística de Indonesia, mensajito va, mensajito viene. La Informante le cuenta que Él le dijo que su sueño es que algún día Ella sea su mujer… y que está esperando ansiosamente que Ella vaya a La Ciudad Donde Vive Su Familia para volver a verla. El chico sabe lo que quiere. Así que después de seis noches, Ella viaja a Su Ciudad para quedarse unos días con Él y su familia. En el camino se hace muchas preguntas: ¿qué pasará? ¿querrá quedarse en Esa Ciudad por más tiempo? ¿se sentirá cómoda con su familia? ¿tendrán tema de conversación? Está un poco nerviosa.

Después de 22 horas de viaje en colectivo, llega de madrugada a la terminal y el hermano y la mamá de Él van a buscarla y la llevan a la casa. Él está rindiendo un examen en La Ciudad Donde Estudia, a una hora de distancia, así que llegará después del mediodía. La madre la recibe muy cálidamente y le dice, a través del hermano de Él que oficia de traductor, que quiere que Ella sea su hija, ya que solamente tiene hijos varones. Luego le presentan al padre y toman el desayuno juntos. Son una familia musulmana tradicional: la madre usa el velo que le tapa el pelo y una vestimenta que solamente deja ver sus manos y sus zapatos, los hijos están casados con chicas musulmanas, todos rezan cinco veces por día como corresponde.

Ella se va a dormir al cuarto de Él ―que pasará a ser el cuarto de Ella durante su estadía―para descansar y que el tiempo pase un poco más rápido. Sueña muchas cosas y en algún momento se despierta y vuelve a la realidad: está en la casa de una familia musulmana en algún lugar de Indonesia, está en la casa de un chico que le gusta y al que le gusta, está en una casa llena de reglas y tradiciones. Es la una, así que Él ya debe haber vuelto… Sale del cuarto, hace su entrada triunfal al living y lo ve ahí, con una sonrisa que se le sale de la cara. Se saludan dándose la mano. Esto no es Argentina, donde un saludo común incluye un beso y un abrazo; en Asia los acercamientos son distintos, se saluda con la mano y no se demuestra afecto en público tan efusivamente como en los países latinos.

Esa noche salen los cuatro a cenar: Él, Ella, la madre, el padre. Comen sate (pollo asado con salsa de maní) sentados sobre una alfombra en la vereda, en medio del mercado nocturno. La madre la interroga de una manera muy graciosa, usando el poco inglés que sabe: le pregunta por qué no tiene novio ya que “es raro” que una mujer esté soltera a su edad, le pregunta qué busca en un hombre, le pregunta si en su país la gente se casa, le pregunta por qué no se casa con un indonesio y se queda en Indonesia para siempre… Qué preguntas.

Los días siguientes, Él y Ella se la pasan de acá para allá juntos, recorren la ciudad en moto y en auto. Él deja todas sus obligaciones universitarias de lado para pasar con Ella esos siete días que le quedan en el país. Y hablan, hablan mucho más de lo que Ella pensó que iban a poder hablar. Charlan (sin hacerse cargo) del amor entre asiáticos y occidentales, de los hijos “mezclados”, de lo que piensan del matrimonio, de sus sueños y objetivos, de lo que cada uno quiere para su vida, pero jamás hablan de “Ellos”. Ella no para de pensar en cómo sería su vida si decidiera quedarse ahí con Él y obviamente, haciéndose la tonta, lo investiga. Le pregunta si un musulmán puede casarse con una mujer de otra religión. Le pregunta si la mujer de un musulmán puede viajar por el mundo. Le pregunta si a Él le gustaría viajar por el mundo. Él también la investiga a Ella: qué piensa de los hombres asiáticos, qué piensa del divorcio, si se quiere casar, cuántos hijos quiere tener, en qué lugar del mundo quiere vivir.

A pesar de que pasan todos los días juntos, entre ellos jamás pasa nada, no hay ningún tipo de contacto físico, no se abrazan ni se besan, no se dan la mano. Hasta ahí llegan las diferencias culturales. Ella se muere por abrazarlo, por colgarse de sus hombros, por decirle todo lo que piensa de Él, por decirle que le gusta, por decirle que es uno de los chicos más dulces y protectores que conoció en su vida, por decirle que le encanta verlo rezar con su familia. Pero se contiene, no quiere abalanzarse, no quiere incomodarlo. Ella viene de una cultura muy liberal, muy llena de excesos, Él se formó en una cultura más tradicional y conservadora. Sin embargo, aunque ninguno de los dos diga nada, siente que el sentimiento entre ellos es real. Aunque, piensa, también puede pasar que en el futuro todo cambie, que Ella decida quedarse ahí y deje ser “la extranjera exótica” y pase a ser “la que no sigue los preceptos del Islam”. En la cultura de Java, el hijo menor es el que carga con todas las expectativas y deseos de los padres, de él se esperan grandes cosas, un futuro brillante, y aunque Él asegure que en el futuro quiere viajar, ¿cómo saber si sus padres estarán de acuerdo? ¿Cómo enfrentarse a eso? ¿Y si se casan y Ella ya no puede viajar? ¿Y si, y si…?

Ella quiere aprender más acerca del Islam. Le interesan todas las religiones con las que entra en contacto, a pesar de haber sido bautizada dentro de la Iglesia Católica, Ella siente que la religión es algo que cada cual debe elegir por su cuenta en el momento de su vida que desee. Así que una noche, Ella y la familia de Él se reúnen con una “maestra” musulmana para que Ella pueda hacerle todas las preguntas que tenga acerca de esta religión. Le pregunta acerca del concepto de Dios, acerca de la comunicación del hombre con Dios, acerca del uso del velo, le pregunta por qué los hombres pueden tener más de una mujer, pero no se atreve a preguntar acerca del rol de la mujer dentro de la pareja, de lo que se espera de ella, de sus derechos y obligaciones. Sería como anunciar que está pensando en casarse con un musulmán. Ya es bastante sospechoso que esté tomando esta “clase” de religión un jueves a las diez de la noche con su nueva familia musulmana.

Y así, los siete días ―que originalmente no iban a ser más que tres o cuatro― se le pasan volando. Muchas veces se quedan en su casa, sentados en la alfombra del living, mirando películas, jugando a las cartas, escuchando música, riéndose de sus confusiones comunicativas. Él le regala varios dibujos y su remera preferida para que viaje con Ella por el mundo, Ella le regala su remera preferida para que algo de Ella quede ahí con Él. Aunque ninguno de los dos habla de sentimientos, lo demuestran en silencio. Se siguen mutuamente por la casa: si Ella sube a la terraza a lavar la ropa, Él sube a la terraza a mirar el paisaje; si Él se sienta en la alfombra a mirar televisión, Ella se sienta en la alfombra a escribir en su cuaderno; si Ella se ríe, Él sonríe; si Ella dice que está cansada de comer arroz, Él deja de comer arroz y la lleva a comer pizza. Él se aprende palabras en español ―como, por ejemplo, la denominación correspondiente de cada miembro de su familia para poder presentarsélos: padre, madre, hermano…― y Ella memoriza palabras en indonesio. Ella siente que está viviendo en una película y le gustaría poner pausa para que no termine nunca. Es una historia distinta a las que está acostumbrada, siente que es algo más puro y sincero. Aunque las preguntas nunca la dejan en paz: ¿Cómo hacer para abrazarlo y que parezca un accidente? ¿Será que le gusta porque es extranjera? ¿Qué le gustará de Ella? ¿Si fuese indonesia se fijaría en Ella? ¿O querrá una mujer musulmana? ¿Por qué de repente no le asusta ni le desagrada la idea del matrimonio? ¿Por qué está sintiendo estas cosas por alguien que acaba de conocer? ¿Cómo sigue esto? ¿Volverá a Indonesia? ¿Volverá a verlo? ¿Cómo hacer para no pensar en esta posibilidad que se le presentó en Karimunjawa? ¿Se le notará en la cara que no puede parar de pensar? ¿Y si este es su lugar en el mundo? ¿Y si Él es…?

Pero el tiempo es lo único que no se puede frenar, y finalmente el maldito martes llega y a Ella no le queda otra que tomar el colectivo que la llevará a La Capital para tomar el vuelo a las Filipinas el miércoles. Ya no puede extender su estadía, su visa se vence ese mismo miércoles, tiene que dejar el país. O, piensa, puede olvidarse de la visa, del viaje, de todo, quedarse para siempre y esperar a que el gobierno de Indonesia descubra que es ilegal, la deporte y no la deje entrar nunca más. Mala idea… Cuando está lista para que la lleven a la terminal, la madre de Él se larga a llorar desconsoladamente. Se acerca a Ella, la abraza y le dice que está muy triste, que la va a extrañar mucho y que por favor le prometa que va a volver… No es común que una madre musulmana acepte tan abiertamente a una chica extranjera-occidental, pero a veces los vínculos van más allá de las religiones y de las culturas…

Él y el papá la llevan a la terminal y la dejan al pie del colectivo. Llega el momento de la despedida. ¿Cómo saludarlo? ¿Con un beso en el cachete? Demasiado argentino. ¿Con la mano? Demasiado asiático. ¿Con un “chau, gracias por todo”? Demasiado poco. Él la ayuda a subir sus cosas al asiento del colectivo y se baja sin decir nada. El colectivo arranca y Ella baja corriendo, le da la mano al padre, lo mira a Él, mira la mano que Él le extiende a modo de saludo, le sonríe y piensa, ya está, yo lo abrazo. Él le devuelve el abrazo con timidez. Tener en cuenta que en este lado del mundo, la gente no se abraza efusivamente en público, así que más que un abrazo, lo que Él le devuelve son unas palmaditas en la espalda. Ella no dice nada y vuelve corriendo al colectivo que, unos segundos después, se va. Ella se siente un poco triste y confundida. ¿Habrá sido todo un espejismo? ¿Se imaginó algo que nunca existió? ¿Habrá actuado mal? ¿Tendría que haberle dicho todo lo que sentía? ¿Así tenía que terminar esta historia?

Continuará…